Cuando nos movilizamos vemos u observamos, la diferencia está al abstraernos del entorno, es decir, al ver solo estamos creando una desconexión entre el espacio, aquello que lo conforma, y en cómo nos comportamos dentro de él. Mientras que al observar, prestamos atención a los detalles y estamos mucho más presentes de lo que verdaderamente acontece.

La ciudad, punto focal donde transitan cientos de personas, se convierte en un sistema activo donde surgen interacciones cada segundo, pero de las cuales desconocemos el por qué suceden. La respuesta es muy sencilla, estamos tan ensimismados que no logramos ver más allá de lo habitual llegando a un punto donde el comportamiento humano se vuelve totalmente ajeno. Sumado a esto, la línea de desarrollo que hemos venido adoptando ha ocasionado pérdida de espacios que facilitan la conexión (directa e indirecta, verbal o no verbal) y por ende la empatía entre todos nosotros.

No olvidemos que la esencia de las grandes y pequeñas metrópolis son las mismas personas, las ciudades no son solo edificios ni carreteras, sino encuentros de diversas personalidades. Es por ello, que la convivencia se vuelve clave para mantener y volver a darle vida a cada uno de los rincones que frecuentamos. Asimismo, Italo Calvino (1992), nos recuerda que son un conjunto de muchas cosas, donde no son solo lugares de trueque de mercancías sino también de palabras, deseos y recuerdos. Estos intercambios favorecen la apropiación del espacio, además de zonas comunes y seguras donde se unen intereses y se activan vínculos sociales. Esta es la razón por la cual es importante conocer el movimiento en la ciudad, cómo funciona, quién y qué la constituye y por qué está ahí.

Finalmente, observar para transformar debe ser parte del encanto de lo cotidiano. Cambiar la dinámica y realmente aprovechar nuestro paso para conectar con lo desconocido, desarrolla la capacidad de enriquecer de manera conjunta nuestras ciudades.